martes, 10 de septiembre de 2013

La noción de capocómico en el nuevo cine cómico norteamericano




Introducción. Este trabajo surge, en primer lugar, del asombro frente a ciertos rasgos compartidos entre el actor cómico italiano del Novecientos y el actor popular argentino de principios de siglo; y algunos filmes de tres actores cómicos estadounidenses: Will Ferrell, Ben Stiller y, finalmente, Adam Sandler.

Este primer momento de sorpresa, evolucionó hacia un intento de sistematización a partir de conceptos teóricos tomados de Marco De Marinis y de Osvaldo Pelletieri que desembocaron en una propuesta general sobre la actualidad del cine cómico norteamericano.

Genética. Con el fin de ubicar contextualmente a los filmes en cuestión se realizará un recorrido histórico a partir de una selección abiertamente caprichosa o, por lo menos, exclusivamente funcional a las pretensiones conceptuales de este trabajo. De esta manera se intenta justificar tanto las ausencias de ciertas obras cómicas -de gran importancia para la historia del cine pero que presentan escasa relación con el camino evolutivo que desemboca en nuestro objeto de estudio- como los forzamientos y reduccionismos conceptuales que colaboran con una argumentación más clara.

Hechas las aclaraciones, se dividirá a la historia del cine cómico norteamericano en cinco grandes momentos. El humor físico o
slapstick. La comedia screwball o la aparición del autor. La comedia intelectual o el predominio del verbo. Los comienzos del humor absurdo o la aparición de Saturday Night Live. Y, por ultimo, lo que en este trabajo, audazmente, se ha denominado nuevo cine cómico norteamericano[1].

El cine cómico que utiliza las técnicas del humor físico o
slapstick tiene dos referentes ineludibles: Charlie Chaplin y Buster Keaton. Sin embargo, una enorme cantidad de actores han hecho uso de este tipo de procedimientos actorales con objetivos y resultados muy diversos. Por mencionar solo los más llamativos: Cary Grant, “Los tres chiflados”, Jim Carrey y Laurel y Hardy[2].

Una de las características conceptuales más importantes de este tipo de humor es el contacto que establece con el público. El mismo, lejos de estar mediado por un modelo de interpretación racional, remite a una reacción física o sensible. Es decir que los
gags en los cuales las relaciones entre el cuerpo del comediante y la situación espacio-temporal con la que establece juegos de adaptación o de contingencia, generan una repercusión física e inmediata en el espectador.

En Chaplin y Keaton -quienes luego de llegar al éxito como actores comenzaron a dirigir sus filmes- ese grupo heterogéneo de
gags comienza a organizarse en un discurso uniforme, preparando el terreno a la aparición de la figura del director moderno, o lo que fue llamado el auteur.

La noción de autor cinematográfico comienza a tomar forma conceptual a partir de la década del ‘60. Unos años antes, un grupo de críticos franceses pertenecientes a la revista
Cahiers du cinema -que luego constituirían la famosa Nouvelle Vague- daban a conocer su “política de los autores”. A partir de ella se pretendía realizar una relectura y revalorización de ciertos directores poco aceptados en el mundo académico. John Ford, Alfred Hitchock, Nicholas Ray, Vincent Minelli y Howard Hawks fueron algunos de los beneficiados por esta concepción crítica.

La propuesta radicaba en pensar a los filmes –sin distinguir entre cine serio y cine de entretenimiento o entre géneros mayores y géneros menores- como un universo formal organizado de manera homogénea. Es decir, dotado de una serie de elementos dispuestos por una figura externa, que trabaja a la manera de gran guiñol. Así, se rechazaba la idea del director como un instrumento más del aparato industrial de Hollywood para concebirlo como el centro creativo en función del cual debe pensarse el resto de los elementos del producto cinematográfico.

El desembarco de estos conceptos al otro lado del océano -de la mano de críticos como Andrew Sarris
[3]- revaloriza ciertos géneros considerados como menores como el western, el musical o el cine cómico y redirecciona el foco de atención sobre una serie de personalidades antes desconocidas. Al ya mencionado Howard Hawks, pueden sumarsele Preston Sturges, Frank Capra y Ernst Lubitsch (en sus felices incursiones en la comedia).

Estos directores, si bien realizaron filmes que van desde el drama histórico al documental bélico, son reconocidos como los principales exponentes del
screwball comedy, un género que se presenta como una extraña mezcla entre la farsa, el slapstick y la comedia de equivocaciones. La mención de estos directores y de este tipo de cine responde al lugar que comienza a ocupar el director dentro del cine cómico. En estos filmes, si bien la participación de importantes actores como Cary Grant, Clark Gable, Katherine Hepburn o Rosalind Russell atrae la atención del público, es el director el que resulta determinante para el funcionamiento del mecanismo cómico. Esto se debe a que la esencia del screwball radica en una organización extremadamente precisa de un ritmo. Un ritmo generado por la rapidez de los diálogos y las acciones; y la velocidad del montaje.

En el cine de Woody Allen esta presencia se vuelve decisiva e inconfundible. Ya que su estilo cinematográfico -quizás sea el único dentro del cine cómico- puede reconocerse rápidamente aunque él no se encuentre en la pantalla.

Sus comienzos se encuentran repartidos entre una remanencia del humor físico y el surgimiento de un humor verbal y analítico. Sin embargo, con el paso del tiempo este segundo aspecto va convirtiendose lentamente en dominante.

El humor de Allen, cada vez más hipocondríaco y verborrágico, se aleja de la herencia física y visual del
slapstick para abrazar el carácter intelectual del humor judío clásico. Uno de los principales procedimientos utilizados en este tipo de humor, según Judith Stora-Sander, es el pilpul, el cual consiste en una interpretación dialéctica del Talmud, cuyo principal objetivo no es el descubrimiento de una verdad sino el proceso interpretativo y analítico en si mismo.

Este carácter analítico que ostentan los filmes de Woody Allen, puede rastrearse en las interminables trampas verbales de su máximo exponente, Groucho Marx, y reciben una continuidad en las absurdamente racionales reflexiones de la joven promesa del humor judío, Jerry Seinfeld.

Luego de la aparición y heroica resistencia de Woody Allen, en el cine cómico norteamericano se produjo un vacío de directores de importancia. Sin embargo, a mediados de los años ’70 surge, a modo de prótesis, una solución parcial a este problema. Aparece el show televisivo
Saturday Night Live, un programa de sketches que combina el humor absurdo, la parodia de películas y personajes y la sátira política. La importancia que este show tuvo para el cine cómico norteamericano consistió tanto en su capacidad para producir comediantes de enorme éxito -por solo mencionar a algunos de los actores de la primera camada: Chevy Chase, Bill Murray, Eddie Murphy, Billy Crystal, Dan Aykroyd y John Belushi- como en la imposición de un tipo de humor que se constituirá rápidamente como dominante.

Este carácter dominante se constituyó a partir de tres formas. En primer lugar, una forma directa, a partir de la ampliación de algunos
sketches al formato cinematográfico. Siguiendo con la primera generación puede mencionarse a Coneheads, The Blue Brothers y ¡Three amigos!. En segundo lugar, una forma indirecta, con la provisión de un ejercito de actores que se esparcirían en una gran cantidad de filmes cómicos y, posteriormente, de otros géneros. Y en tercer lugar, lo que podría ser considerado como la vertiente simbólica, a partir de la configuración de una generación de actores.

Esta característica, quizás la más interesante para este análisis, consiste en la cercanía que 
mantuvieron los actores del show, luego de pasar al cine. Por ejemplo: en un film protagonizado por Steve Martin puede encontrarse a Martin Short, en uno de Billy Crystal sucede lo mismo con Jon Lovitz y Mike Myers hace lo propio con Will Ferrell. De esta manera, si bien el actor y ciertos procedimientos actorales propios de Saturday Night Live desaparecían fundiéndose en la estructura de cada film, la presencia del programa continuaba percibiéndose con claridad.

Los tres actores de los que se hablaba en la introducción no hacen otra cosa que continuar este camino llevando al extremo las características que se encontraban latentes en la propuesta del programa. Estas son: el uso de un humor absurdo, paródico y satírico; la constitución de un grupo de pertenencia y la adscripción a un tipo de humor y el trabajo a partir de
gags fragmentarios (similares al funcionamiento del sketch) que no exhiben una unidad integral.

Una nueva forma de trabajar. El recorrido histórico propuesto pretendía demarcar dos modos diferentes de organización del film. Uno fragmentario, heterogéneo y concentrado, casi exclusivamente, en la obtención de un efecto inmediato en el público; y otro que trabaja a partir de una ilusión de realidad y de un universo ficcional integral y continuo en el cual el espectador puede creer e identificarse.      

Dentro del ámbito teatral, Marco De Marinis establece una diferencia entre lo que el denomina como teatro del papel y teatro del personaje. Concibe a la aparición y difusión de la dirección escénica moderna, entendida como principio ordenador de la puesta en escena, como el elemento que marca el cambio entre estas dos formas. Según el autor, la dirección escénica:

“(….) llega a transformar los “papeles” en verdaderos y auténticos personajes; o sea, en entidades biográficas ficticias, imaginarias, en habitantes de un mundo posible de la fabula dramática, pero provistas, exactamente igual que los individuos del mundo real, de vida pasada y presente, y de características físicas y psicológicas bien precisas; no obstante, es el texto (con sus eventuales sobreentendidos) y solo el texto el que indica o, por lo menos, sugiere (mientras que antes, como ya he dicho, el “papel”, más allá de la obra especifica y concreta, se refería al rol, como sistema de definición y clasificación de las dramatis personae anterior al texto e independiente de él).” (De Marinis, 2005:18)

Es decir que mientras el teatro del personaje presenta un carácter estabilizador y centrípeto en función de la coherencia de una puesta en escena que encuentra en el texto su principal garantía, el teatro del papel trabaja de manera centrifuga a partir de una línea de resistencia y de diferencia.  

Esta línea de resistencia y de diferencia puede observarse en el modo de producción cómico-actoral de los capocómicos italianos que describe De Marinis y que consta de cinco aspectos caracterizantes:
soledad, autotradición, plurilingüismo, intertextualidad carnavalesca y relación no garantizada con el público.

El primero de los aspectos, la
soledad o vocación solística, radica en el querer o tener que hacer todo por sí solo. Osvaldo Pelletieri -retomando los conceptos de De Marinis y refiriendose a los capocómicos argentinos de principio de siglo- dice que el actor nacional esta “solo en escena”, aun cuando este rodeado de un grupo de actores que lo acompañan a través de las distintas obras. Descree del director, en quien solo ve un “arreglador de escena” y cuya única función es la de elegir las obras y marcar las entradas y salidas de los personajes. Lo mismo sucede con los textos que son llevados a escena. Para el actor nacional, la originalidad no implica un valor por lograr y, por el contrario, la reiteración de situaciones y comportamientos exitosos es la regla.

Retomando a nuestros actores en cuestión, las similitudes con respecto a lo descripto son claras. Tanto Will Ferrell como Ben Stiller y Adam Sandler exhiben en sus filmes una presencia central. Es decir, que todos los elementos se encuentran organizados en torno a sus necesidades. Practican procedimientos actorales netamente teatralistas tales como los gritos y los gestos ampulosos y exagerados que concentran la atención en su corporalidad; hacen uso de historias que se repiten película tras película y que parecieran funcionar como esqueletos o estructuras propicias para la exhibición de los
gags y de los actores[4] y requieren de directores sin grandes pretensiones artísticas que no interfieran con su proyecto creativo.

La segunda característica del capocómico es la a
utotradición. De Marinis la describe como la soledad histórica de actor cómico. Es decir, la falta de una tradición actoral unitaria y consolidada con respecto a la cual elaborar su propio estilo actoral. En este punto los contactos con los comediantes norteamericanos son realmente escasos ya que, como se dijo anteriormente, uno de los puntos más notorios en este grupo de actores es el de la afirmación generacional o el apoyo en una tradición actoral.

Continuando y llevando al extremo las premisas dispuestas por las primeras generaciones de actores de
Saturday Night Live, estos “nuevos comediantes” constituyen “compañías” propias de actores que los acompañan de manera recurrente a lo largo de muchos de sus filmes. Así mientras Ben Stiller, se ve acompañado por Owen Wilson, Jerry Stiller, Vince Vaughn y Will Ferrell; Adam Sandler se rodea de Rob Schneider, Allen Covert, Steve Buscemi, Peter Dante y John Turturro. En Will Ferrell dicho proceso tuvo un camino inverso. En su filmografía puede verse una enorme participación en filmes de actores de Saturday Night Live –por lejos el que con mayor claridad se hizo cargo de esta función- a pesar de que en sus filmes como protagonista no suceda lo mismo con otros actores -salvo quizás con Tim Meadows.    

La tercera característica es el
plurilingüismo. El mismo radica en la capacidad del capocómico de utilizar una serie diversa de técnicas actorales según las necesidades de cada momento y de las características de cada obra.

Con respecto a este punto, si bien Will Ferrell y Ben Stiller hacen uso del baile en sus filmes y Adam Sandler del canto (en dos de sus películas participa de la banda de sonido) el elemento de mayor interés es su capacidad para deambular entre formas de actuación realistas y teatralistas y entre géneros serios y populares
[5].     

Con respecto a la
intertextualidad carnavalesca, concebida como el instinto caricaturesco o satírico sobre la realidad cotidiana o la realidad artística misma, la propuesta de estos actores presenta dos caminos diferentes. Por un lado, el de la parodia clásica. En este punto el caso más claro es el de Ben Stiller. En su filmografía puede encontrarse, su primer cortometraje The hustler of money (parodia de la película de Scorsese The color of Money), Mystery man (parodia de superhéroes), Zoolander (parodia del mundo de la moda) y Starsky and Hutch (remake paródica). Por otro lado, en los tres actores se observa un interesante proceso de choque entre elementos absurdos –procedentes de los protagonistas- y realistas -del resto de los personajes de la diégesis- que acerca a los filmes a una reflexión meta-actoral.

Por último, resulta difícil pensar la
relación no garantizada con el espectador en relación con estos cómicos debido a que a diferencia del teatro, los filmes son entregados al público como un producto terminado, por lo cual no pueden existir imprevistos propios de la representación.          

Todos estos elementos confluyen en una tendencia que desdeña cualquier significado profundo o subyacente a la obra, en función de la obtención de un efecto cómico; de un contacto directo con el público; de un mecanismo cómico que se repite inalterablemente.  

Una vuelta al espectáculo. Retomando el recorrido histórico con el que empezó este trabajo, varias preguntas surgen necesariamente ¿Qué relación existe entre los precursores del cine cómico, como Chaplin y Keaton, y estos capocómicos modernos?

¿Forman parte de una misma tendencia interrumpida por la aparición y extensión masiva de la narración y de las formas dramáticas y realistas de creación de significados? ¿Qué marcas dejo este cine narrativo en este nuevo arte popular? ¿Qué clase de reformulación del arte popular es el que proponen estos nuevos capocómicos?

[1] Aunque haya resultado atractivo y se hayan encontrado más que un par de similitudes que lo justificaran, se ha resistido la tentación de pensar a esta clasificación de “nuevo cine” en función del paso de la modernidad a la posmodernidad. Esto se debe a que, por un lado, la propuesta de este trabajo concibe a la evolución artística como una actualización y un cambio constante que no resiste a la concepción de grandes cambios apocalípticos y, por otro, al temor frente a la capacidad fagocitante y reductiva de un concepto tan utilizado como el de posmodernidad.  

[2]
Los filmes de los hermanos Marx han sido dejados de lado no por su carencia de importancia sino, justamente, por su complejidad. Su cercanía tanto con el humor físico (presente principalmente en Harpo) como con el humor verbal (obviamente, el trabajo de Groucho) y su combinación en un dispositivo cómico de alta complejidad, exceden grandemente las posibilidades de esta rudimentaria descripción histórica. De todas formas cabe aclarar que el cine de los hermanos Marx puede concebirse como el puente entre el humor físico de Keaton o Chaplin y el humor intelectual de Woody Allen.

[3]
Este desembarco y la productividad que dicho concepto tuvo en los Estados Unidos puede rastrearse incluso en la aparición de términos de uso coloquial como “authorless”. Este término, es utilizado de manera despectiva para describir obras en las cuales no se observa la presencia de un autor.

[4]
Uno de los puntos en que esto se observa con más claridad es en la realización de películas en secuela. Es decir, una misma historia que se repite con pequeñas variaciones. Esta actividad tiene origen en los filmes de los actores de la primera camada de Saturday Night Live. Algunos de ellos son la trilogía de las vacaciones de Chevy Chase, las tres Beverly Hills cop de Eddie Murphy o las tres Austin Powers de Mike Myers. Ben Stiller y Will Ferrell son los continuadores más claros de esta forma de trabajar. En dos años se estrenará la cuarta entrega de Meet the parents y en tres el segundo film de Anchorman. En Adam Sandler, coherente con el carácter centrípeto del capocómico, este procedimiento no radica en la repetición de la estructura de una trama sino en la constitución de un personaje único para todos sus filmes.

[5]
Este deambular entre géneros populares y géneros serios tiene diferentes implicancias en cada uno de ellos. En el caso de Adam Sandler, resulta evidente que dicho proceso responde a una necesidad de legitimación en el campo intelectual. Este es el caso de Punch Drunk-Love en la cual se pone en manos de un prestigioso director como Paul Thomas Anderson, el cual reformula totalmente sus procedimientos actorales (interesante es lo que hace con una de las marcas registradas de Sandler: el arranque de ira). El caso de Ben Stiller es diferente ya que desde sus comienzos se repartió entre la dirección, la escritura de guiones y el trabajo actoral en dramas y comedias. Sin embargo, un intento de legitimación puede observarse en la creciente politización de sus filmes, como puede observares en Zoolander y Tropic thunder. Por último, Will Ferrell resulta interesante en tanto logra adaptar un mismo tipo de actuación a filmes de géneros y exigencias muy diferentes. Por ejemplo: en Stranger than fiction logra fundir una actuación absurda con un film de gran dramatismo.

Stand up: del teatro a la televisión






Debido a que el
stand up comedy es una práctica relativamente nueva y poco conocida -sobre todo en la Argentina- resulta conveniente empezar diciendo unas palabras acerca de lo que suele entenderse por stand up. Un acto stand up consiste, básicamente, en la presencia de un comediante que lleva a cabo un monologo sobre un escenario. Por lo general, este comediante se encuentra dotado únicamente de un micrófono y el escenario completamente desprovisto de todo tipo de escenografía (salvo en ciertos casos en los que se observa la presencia de una silla, un vaso de agua o algún tipo de fondo). En esta situación, se efectúa un monologo verbal y reflexivo, dirigido directamente a un publico participativo, no solo a través de sus miradas y risas sino, circunstancialmente, por medio de respuestas directas. Por ultimo, los temas del monologo pueden ser de una gran amplitud aunque, por lo general, se focalizan en la reflexión acerca de hechos de la realidad cotidiana.
En esta rudimentaria y acotada definición pueden encontrarse ya algunos de los puntos que serán cruciales para el análisis del stand up: verbalidad, reflexión y realidad. Sin embargo, a lo que no se ha hecho referencia es al elemento que sustenta y da sentido a la organización de dichos elementos: el humor.

Uno de los más importantes acercamientos al análisis del humor, aparece con el estudio sobre François Rabelais y la cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, de Mijail Bajtin. En él, el autor examina las imágenes y el estilo rabelaisiano en función de su carácter “no-oficial”, de sus características no dogmaticas y ajenas a toda idea de estabilidad o perfección estética. Para Bajtin será este espíritu anti-canónico el que determinará lo que él concibe como risa y humor popular. Los mismos se caracterizaran por estar dotados de una función paródica que se ubica por encima de los actos y ceremoniales serios. Y es a partir de esta parodización, que la perspectiva humorística ofrece una visión diferente del mundo y construye sobre el mundo oficial, un segundo mundo y una segunda vida.

Es por este motivo que, para Bajtin1, la esencia del humor radica en su fuerza subversiva frente a la realidad cotidiana, en su capacidad para crear nuevos mundos que permitan escapar al universo organizado y limitado por las instituciones sociales.

En el stand up, dicho escape puede observarse en el trabajo que realiza con respecto a la realidad de todos los días. En un primer momento, la reflexión sobre la vida cotidiana, sumada a la relación directa que el comediante establece con su público, da como resultado una fuerte identificación. Sin embargo, no pasará mucho tiempo antes de que este primer momento de identificación se vea traicionado, subsumiendo al universo reconocible en uno completamente absurdo.

Por lo general, todo monologo stand up consta de una microestructura que se repite a lo largo del acto y que se organiza a partir de tres instancias evolutivas hacia el absurdo: En primer lugar se realiza una presentación verbal de un hecho reconocible. Por ejemplo2:

“¿Qué pasa con los lavabos de los baños de los aeropuertos? ¿Por qué motivo no nos ponen las típicas canillas para seres humanos que funcionan abriendo y cerrando? ¿Es demasiado riesgoso para el público común? ¿Demasiado peligroso? Si, mejor pongamos esas canillas totalmente molestas, estilo Alcatraz. ¿Saben cuales? Esas que apretás el botón y salen dos gotas.”



En segundo lugar, dicho hecho es llevado hasta el punto en que se convierte en absurdo.



“¿Qué piensan que vamos a hacer con las canillas? ¿Abrirlas todas, salir corriendo y escondernos en los arbustos matándonos de risa?”



Por ultimo, se produce una ejemplificación de lo reflexionado.



“-Vamos, vamos abrí el agua hasta el máximo.

-Idiota, somos hombres de negocios, vamos a perder nuestro avión.

-A quien le importa. ¡Agua, agua! (y sale corriendo)”



En este ejemplo puede notarse como lo que comenzó siendo una simple reflexión critica acerca de un hecho conocido se convierte en la representación de una situación completamente ridícula e imposible.

Sin embargo, a medida que se avanza en el análisis, la concepción de humor subversivo de Bajtin se vuelve cada vez más insuficiente. Esto se debe a que si bien en el stand up se observa un proceso de subversión de la realidad, su humor no radica únicamente en la creación de una nueva realidad –cuyo punto culminante se daría en la tercera instancia- sino principalmente en la parodización de la realidad canónica –segunda y primera instancia, respectivamente. A diferencia de lo que sucedía con el carnaval bajtiniano y sus pretensiones político-sociales, la función principal del stand up yace en su espíritu parasitario, en la crítica de una norma y un canon establecido. Así, el nuevo espacio aparece solo como consecuencia y refuerzo de la puesta en tensión del absurdo. Es decir que, antes que de la certeza el humor del stand up surge de ubicarse en un espacio imposible.

Según Sylvain Du Pasquier, algo similar sucede en el cine de Buster Keaton. En su articulo, <Los gags de Buster Keaton>, Du Pasquier define al gag como la figura particular que define una norma al tiempo que propone su desviación. Para demostrarlo propone una distinción entre lo que el concibe como lo cómico y el gag:



“(…) el gag siempre presenta un significación descolgada, estallada y puede pensarse que este estallido pone en juego dos funciones: una función normal que puede pertenecer a cualquier relato no burlesco y una función perturbadora que subvierte el sentido de esta función normal al revelar la fragilidad de esta norma. Por el contrario lo cómico no se distingue formalmente del discurso realista porque nunca se descubrirá una figura sintagmática que le sea propia.” (Du Pasquier, 164)



Es por este motivo que, al igual que el stand up, el gag no obtiene su carácter subversivo de la creación de nuevas realidades. Ya que si bien con su perturbación hace desembocar al discurso realista en un discurso absurdo, su función principal se encuentra en la perturbación y no en la creación. Nos hallamos, nuevamente, ante la presencia de un parasito estético.

Con respecto al stand up estas reflexiones de Du Pasquier resultan pertinentes debido a que permiten realzar la importancia del humor como un mecanismo previo a su actualización en un medio expresivo especifico. Lo cual se hace posible al hacer visible el funcionamiento de un principio constructivo idéntico, en formas cómicas completamente opuestas como son el slapstick (forma esencialmente visual) y el stand up (forma esencialmente verbal).

Entonces, si el slapstick arriba al absurdo a través de un trabajo visual y corporal, ¿qué pasa con esa especie de primo político que es el stand up? Sin lugar a dudas, el medio expresivo principal con el que cuenta dicha disciplina es la verbalidad, o más precisamente, la verbalidad reflexiva.

La instancia verbal del stand up no resulta muy difícil de reconocer, después de todo, los comediantes casi no hacen otra cosa que hablar. Sin embargo, su carácter reflexivo se halla un tanto mas oculto. A fin de hacerlo palpable, resulta oportuna la comparación con el oficio oral y reflexivo por excelencia, la retorica tradicional. Según Pedro Gómez Martínez, el monologo de stand up, utiliza las reglas de la retorica tradicional, es decir la organización de un discurso a través de un exordio, una narración / argumentación, y una serie de ejemplos, modelos y lugares comunes, para establecer un proceso argumentativo que tiene como objetivo arribar a una determinada conclusión.

Sin embargo, lo interesante de esta comparación no surge de los puntos de contacto sino más bien de las diferencias que pueden hallarse entre ellas. Ya que, mientras la retorica sofista pretende persuadir a un interlocutor a través de un artificio reflexivo que debe mantenerse oculto, el humor del stand up surgirá en el momento mismo en que dicho artificio se haga explicito y exhibiéndose como absurdo.

De manera similar a las paradojas de Zenón y sus demostraciones ad/absurdum, la esencia del stand up se hallará en llevar a la reflexión y a la argumentación verbal, sus medios de representación, hasta el punto en el que chocan con su opuesto, el absurdo.

Es por este motivo que no resulta extraño que uno de los más populares comediantes de stand up, el neoyorkino Jerry Seinfeld, declarará en una entrevista realizada por la revista Esquire que el trabajo del stand up radica en “Pensar de forma muy racional en un plano completamente absurdo” (Álvarez Berciano, 1999:135). Como no podría ser de otra manera, su definición se constituye en si misma como una contradicción.

En resumen, el mecanismo humorístico del stand up consiste en un cuestionamiento de la realidad y, especialmente, de sus medios expresivos de representación, la verbalidad y la reflexión. Y es por este motivo que se la puede pensar como una disciplina profundamente metarreflexiva.



Ahora bien, a la hora de encarar el análisis del stand up como forma estética, uno de los primeros problemas que aparecen se encuentra al intentar ubicarlo en el campo de las prácticas artísticas existentes.

La primera impresión que se tiene cuando se asiste a un acto de stand up es la de encontrarse en el teatro. Existe una relación comediante-espectador en la cual ambos comparten la misma realidad espacio-temporal. A su vez uno de los dos asume el papel de emisor mientras el segundo se posiciona como receptor. Y, por ultimo, se observa una relación escenario-sala que establece al primero como un espacio vedado para los ubicados en el segundo. Sin embargo, con un análisis más profundo, dichas similitudes se vuelven insuficientes con respecto al paradigma del teatro clásico: la función de los papeles del emisor y receptor se relativizan a partir de la participación activa de los espectadores y el espacio de veda pierde su fuerza a causa de lo que podría considerarse una bidireccionalidad de la representación.

Por lo tanto, la posibilidad de pensar al stand up como disciplina teatral, se hace posible solo a partir de una ampliación del concepto de teatralidad clásica, lo cuál, según Alfonso De Toro, resulta viable con la aparición de la posmodernidad. según De Toro, este carácter amplificador proviene de una superación de barreras ideológicas, espaciales y hegemónicas que caracteriza a la posmodernidad. A partir de esto se produciría una relativización y un ensanchamiento de las fronteras que separan a las distintas disciplinas artísticas, permitiendo la incorporación de una serie de actividades estéticas antes dejadas de lado.

En oposición a lo que él llama “teatro mimético-referencial”, el teatro posmoderno se concentra en la “espectacularidad”. Es decir que se reemplaza la necesidad de “imitar un hecho o acción exterior” (objetivo característico de la Poética aristotélica) por una focalización en la propia realidad teatral. De esta forma, la acción mimética se ve reemplazada por una materia visual-sonora-gestual-kinésica que significa por si misma y que es, esencialmente, asumida por el actor. Así, el teatro como proceso, como acto performativo, vuelve a tomar importancia.

Habiendo allanado el camino para el análisis teatral, el estudio del stand up como disciplina teatral se muestra productivo tanto por la distancia mencionada con respecto al teatro tradicional como por ciertas diferencias genealógicas que lo separan del llamado “teatro posmoderno”. En otras palabras, el stand up aparece como un OVNI en el universo teatral.

Con respecto al teatro tradicional, la mayor diferencia que puede observarse es la de la ruptura de la ilusión de realidad. Se dijo que el stand up trabaja a través de un mecanismo argumentativo y como tal establece una relación interpelativa directa con su receptor. Es por este motivo que, así como la existencia de una cuarta pared que separe al actor del público sería un obstáculo para la argumentación, el establecimiento del escenario como espacio de veda que le prohíba al público participar, sería una deslealtad intelectual. Asimismo, el despojamiento de la puesta y la ausencia de todo tipo de escenografía referencial parecieran responder a las mismas necesidades, las de la abstracción reflexiva.

De esta manera, la puesta en escena del stand up, a través de su proceso de ascetismo de realidad referencial y de escenografía, desemboca inexorablemente en el único elemento que se mantiene, literalmente, erguido luego de esta purificación: el cuerpo del comediante. La puesta en escena se vuelve fuertemente convergente y la totalidad de la representación es asumida por la materialidad corporal del actor.

Sin embargo, dicha convergencia no trae aparejada una homogeneización de los registros actorales. Se hace esta diferencia debido a que el comediante no solo deberá llevar a escena la argumentación verbal sino también su ejemplificación mimética, como materialización del absurdo.

De esta forma, la representación del stand up se organiza a través de una relación dual y dialéctica. Es decir que si lo verbal sienta las bases de existencia de lo corporal, lo corporal constituye la materialización necesaria del universo absurdo de la argumentación. Así, en un mismo movimiento, y con el absurdo como elemento destructivo y metarreflexivo, se problematiza tanto el uso de la palabra escénica y su estatuto de verdad como la posibilidad de identificación con un universo referencial.

Lejos del uso de la palabra como transmisión de un mensaje y del cuerpo como productor de nuevos mundos, la fuerza del stand up se ubica en el devenir del acto, en su carácter performativo.

A primera vista todas estas características del funcionamiento de la puesta en escena del stand up parecieran responder a la problemática del teatro posmoderno: el cuerpo del actor como tema y personaje principal y la focalización en el acto teatral. Sin embargo, como ya se adelantó, el stand up es una especie de extraterrestre que aterrizó en el espacio teatral. Y su carácter foráneo se funda, justamente, en que su inserción al campo teatral posmoderno proviene mas de una ampliación de fronteras, que de intereses generacionales o estéticos compartidos. Es decir que antes que a un compromiso posmoderno la forma estética del stand up pareciera responder a una relación genealógica que lo acerca con lo que se conoce como “humor judío”.

Del extenso análisis que Judith Stora-Sander realiza sobre humor judío, resulta interesante mencionar dos características importantes. En primer lugar, el uso de la ironía, y mas precisamente, de la autoironía o la burla de si mismo. Y por otro lado, lo que se denomina como pilpul y que consiste en una interpretación dialéctica del Talmud, cuyo principal objetivo no es el descubrimiento de una verdad sino el proceso interpretativo en si mismo como un método de dotar de vida a la fe religiosa.

Algunos de los más famosos representantes de este tipo de humor son Groucho Marx y Woody Allen. En esta dupla de judíos neoyorkinos –a la que luego se agregara Jerry Seinfeld- pueden observarse en forma exagerada las características mencionadas con anterioridad. Así, mientras Groucho Marx sería el mayor representante del pilpul cinematográfico a través de sus inacabables trampas verbales, Woody Allen se ha hecho famoso por su profunda burla de si mismo y por su introspectividad hipocondríaca.

Es por este motivo que, tanto la convergencia de la puesta en escena en el cuerpo del comediante como derivación de la autoironía, como la focalización en la realidad performática como pilpul teatral parecieran responder antes a características del “humor judío” que a las determinaciones del teatro posmoderno.



Expuestas las principales características del stand up como disciplina teatral, es momento de reflexionar sobre su paso a la televisión.

La relación entre stand up y televisión resulta especialmente interesante debido que exhibe el choque entre una disciplina profundamente problematizadora y un dispositivo históricamente cerrado e impermeable.

En su análisis sobre la industria cultural, Adorno y Horkheimer reflexionan acerca del funcionamiento de los medios masivos de comunicación como parte integrante del proceso de producción industrial, de manera que los productos televisivos se encontrarían marcados por la misma lógica de producción serial. Es decir, estrictas reglas de creación, previsibilidad en la estructura narrativa y temática que permita un fácil reconocimiento y repetición del modelo hasta el infinito.

El subgénero televisivo de las comedias de situación o sitcom funciona, coherentemente, a partir de las mismas reglas de producción. Personajes estereotipados, situaciones familiares y cotidianas, espacios limitados, finales felices y una estricta duración de 20 minutos.

Teniendo en cuenta estas características, la transposición de un mecanismo cómico basado en la reflexión verbal y el contacto directo con el público no parece fácil.

Según Rosa Álvarez Berciano, la relación entre stand up y sitcom se remonta a los Estados Unidos a fines de los años ’80 cuando. Debido a la falta de material y a la popularidad del stand up comedy, los productores televisivos se lanzaron a la búsqueda de comediantes stand up que protagonizaran sus series. Este proceso produjo el traslado a la televisión de personalidades como Bill Cosby y Rosanne Barr y, posteriormente, de Jerry Seinfeld, Ray Romano y Ellen De Generes, entre otros.

El caso de Cosby3 es el más común en este tipo de transposiciones. En él, puede observarse una fusión del mecanismo del stand up en el universo dramático de la sitcom. Es decir que se relega la reflexión verbal a los diálogos de los personajes, subsumiéndola y subordinándola a la representación de la realidad familiar.

Algo similar sucede con Rosanne. En esta serie, el personaje de ama de casa que Rosanne Barr llevaba a cabo en el stand up se amplía, haciendo aparecer en pantalla al resto de su familia y restituyendo la relación familiar a la que se hacia referencia en los monólogos. De esta manera, la ejemplificación final del stand up se amplifica hasta dejar de lado la reflexión verbal o, a lo sumo como en el caso de Cosby, incorporándola a partir de los diálogos.

Una de las soluciones más interesantes aparece con la serie Seinfeld, creada por el mismo Seinfeld y Larry David. Al igual que en el cine de los hermanos Marx, donde Groucho representaba la contracara verbal de la mímica muda de su hermano Harpo y en los primeros films de Woody Allen donde el humor físico se encuentra unido con la reflexión introspectiva, también la solución que encuentra Seinfeld para su transposición se basa en una coexistencia e interrelación de los dos niveles.

La serie creada por Jerry Seinfeld y Larry David, se divide en dos partes, que se van intercalando a lo largo de cada episodio. Una, en la que puede verse a Seinfeld realizando un acto stand up, y otra –la que más se asemeja al común funcionamiento de las sitcom- en la que cuatro personajes recurrentes protagonizan historias acerca de los temas a los que se hizo alusión en el acto stand up. Sin embargo, el interés que genera la transposición de Seinfeld y que desestructura la forma clásica de la sitcom, no radica en la inclusión explicita del acto stand up sino más bien en haber logrado trasladar la relación dual de la que se hablaba anteriormente.

Por un lado, podría decirse -de hecho los productores de la serie lo repitieron hasta el hartazgo- que Seinfeld es “una serie sobre nada”. Es decir, que se opone al clásico: planteo, desarrollo y resolución de un tema relevante, que caracteriza a las comedias de situación y que les da unidad y coherencia interna.

Por otro lado, los cuatro personajes protagonistas, antes que sujetos dotados de una densidad psicológica se perciben como roles, como funciones abstractas. Los personajes no crecen ni evolucionan. No hay grandes historias internas que vayan evolucionando a medida que avanza la serie. Los personajes son más bien roles vacios que reaccionan frente a un hecho específico.

De esta manera, sin un armazón a partir de un tema o de la estructura de personajes, las historias que se representan en Seinfeld se muestran como un conjunto de hechos y reacciones aisladas, como un universo diegético plagado de lagunas.

Esto se debe a que las historias no tienen un sentido autónomo, ni pueden ser consideradas como cerradas en si mismas. Son tan solo, una ejemplificación, una contraparte, el punto culminante del absurdo de una argumentación. Es por este motivo que, a diferencia de lo que sucedía con Cosby y con Rosanne, en Seinfeld lo verbal y reflexivo del stand up no solo no se subordinan sino que organizan y dan sentido a las figuras.

A partir de la modificación del sustrato cotidiano que dio organicidad y verosimilitud a los hechos y personajes representados en las sitcom desde Yo amo a Lucy, Seinfeld puede crear su propio sustrato y su propia realidad. Es por eso que no es una serie sobre nada sino una serie sobre todo.







1 Es importante aclarar, a fin de comprender dicho análisis en relación con su contexto de escritura, que Bajtin trabaja esencialmente desde una perspectiva fuertemente marxista y que sus análisis estéticos se encuentran signados por un interés claramente sociológico.
2 El ejemplo fue tomado de I’m telling you for the last time de Jerry Seinfeld.
3 Tal fue el nombre de una de sus series, en el cual se percibe una autoreferencialidad que puede encontrarse en casi todas las series realizadas por comediantes stand up.