martes, 10 de septiembre de 2013

Un concepto en acción: la noción de dispositivo en Foucault





El pensamiento de Foucault resulta extremadamente complejo por varios motivos. Uno de ellos, quizás el que más controversias ha generado, es su carácter dinámico y en constante proceso de actualización. Es por este motivo que lejos de pretender circunscribir su noción de
dispositivo a partir de una definición cerrada[1], se pretenderá acompañarlo en sus movimientos teóricos contando con sus propios ajustes y autocríticas, propias de constante revisión metarreflexiva. Es necesario mencionar también que las aproximaciones -necesariamente fragmentarias- que aquí se ensayan apuntan a considerar a los conceptos teóricos con los que trabaja Foucault, dejando de lado –en la medida de lo posible- los análisis históricos a los que estos se aplican.

Sentido común. Desde La historia de la locura en la época clásica hasta Vigilar y castigar se constata en Foucault una pretensión recurrente o un objetivo general que no se modifica: estudiar el funcionamiento del hombre y de los procesos sociales dejando de lado la idea de “naturalidad” o de objetividad empírica.

Esta ruptura y este nuevo posicionamiento abren a los estudios sociales una serie de nuevas posibilidades. En primer lugar, se incorpora la reflexión en ámbitos que antes se encontraban dominados por el poder de la autoevidencia y el sentido común. En segundo lugar, toma fuerza la idea de cambio histórico. El mundo ya no se presenta como una realidad objetiva y determinada por fundamentos procedentes desde un origen mítico y que no se modifican a lo largo de la historia. Por último, se analizan las diferentes formas de concebir a la verdad y al mundo en diferentes momentos históricos, así como las motivaciones sociales, políticas y económicas que se encuentran detrás de estas concepciones.

Episteme. Uno de los elementos que más llaman la atención en la evolución conceptual de Foucault es el paso de la noción de episteme a la de dispositivo. La importancia de este cambio no radica tanto en sus intereses generales, que como dijimos se mantienen prácticamente inmutables desde sus comienzos, sino más bien en sus implicancias metodológicas, en su postura con respecto a sus objetos de análisis.

La noción de
episteme, tal como la concibe en el prefacio de Las palabras y las cosas, consiste en un campo epistemológico que determina las condiciones de posibilidad de los diversos conocimientos empíricos. Es decir que determina, en un momento histórico determinado, que conocimientos o que teorías deben ser considerados como verdaderas y cuales no.
Corriendo con la ventaja cronológica de contar con la noción de dispositivo, un análisis minucioso de la misma puede ser útil para comprender algunas de las implicancias metodológicas que se esconden detrás de la idea de episteme.

Foucault se refiere a un
fondo histórico sobre el que aparecen las ideas, un suelo silencioso, un campo epistemológico en el cual los conocimientos hunden su positividad. Todos estos términos apuntan a pensar a las epistemes en función de un espacio de profundidad en relación con los fenómenos que determina; como un centro o foco del cual emanan todas las posibilidades del saber en determinada época.

Resulta justo mencionar, como ha hecho el mismo Foucault
[2], que en esta forma de pensar la determinación social, subyace una concepción totalizante. Es decir, que al pensar en una relación unilateral entre un centro externo y una serie de fenómenos se contradice la idea de un mundo abierto y no determinado de antemano; en un mismo movimiento se rompe con las concepciones establecidas y vuelve a organizarlos en un nuevo sistema cerrado.

Es por este motivo que podría decirse que si bien estas propuestas amplían enormemente las posibilidades de análisis, por otro lado son victima de la remanencia de conceptos –tales como las relaciones entre la estructura y la superestructura- inconsistentes con las propuestas renovadoras de Foucault.

Pensamiento arqueológico. Una de las primeras modificaciones de importancia aparece con La arqueología del saber. En este libro -considerado como el primero de varios momentos de ruptura en su obra- alegando falencias metodológicas y conceptuales, Foucault revisa su noción de episteme y su forma metodológica de encarar el análisis histórico[3].

En un nivel general la nueva propuesta consiste en un paso de la continuidad a la discontinuidad. La atención puesta en grandes periodos de tiempo, el hallazgo de continuidades y equilibrios estables y las significaciones de conjunto -características de los relatos históricos tradicionales- son reemplazadas por la búsqueda de pequeñas discontinuidades, de vectores, series y relaciones.

Con respecto a este punto, Foucault es claro al hablar de la revisión del valor del
documento. Según el autor, la historia tradicional utiliza al documento con el objetivo de configurar y de reconocer el universo del cual emana este objeto. La nueva historia se interesa en el documento no para interpretarlo ni para excederlo sino justamente para penetrar en su propio tejido documental y para realizar una descripción intrínseca de dicho objeto. 

Es decir que se pasa de la teorización a partir de grandes sistematizaciones trascendentales a un trabajo analítico inmanente.

Deleuze. La presencia de Deleuze –ya sea real o conceptual- será determinante para la revisión de estos conceptos y para el proceso hacia la noción de dispositivo[4].

Con respecto a su propuesta filosófica y a las relaciones que se observan en los trabajos de Foucault, resultan especialmente importantes las nociones de plano de inmanencia y de relación interiorizada.
Para Deleuze, la inmanencia –como oposición a la trascendencia- supone que no existe ningún elemento que determine o signifique al resto de los elementos desde un plano o nivel exterior. Es decir, que dichos elementos, simulacros, entes o concretos no pueden ser sistematizados ni homogeneizados a partir de un concepto globalizante. No existen entes que tengan una posición de privilegio con respecto a los otros sino que la relación que establecen entre si se observa como una “no-relación”, como una síntesis disyuntiva.

Los entes no son más que simulacros divididos, divergentes, sin relación interiorizada ni entre ellos ni con una idea trascendental.

Dispositivo. En el primer tomo de la Historia de la sexualidad, las concepciones deleuzianas descritas en el apartado anterior comienzan a sentirse con fuerza.

A diferencia de sus textos anteriores -y, principalmente, de su noción de
episteme-, en su paso a la cuestión del poder Foucault ya no piensa en un centro externo que irradia orden y formas de concebir las cosas. Ahora el poder carece de forma antropomórfica o institucional. Se distribuye en diferentes estratos intrínsecos al fenómeno social y no es concebido como un ente negativo, represivo o destructivo sino como un productor de sentido y de subjetividades dotado de una eficacia productiva, una riqueza estratégica y una positividad. En palabras del autor:

“el poder se ejerce a partir de innumerables puntos, y en el juego de relaciones móviles y no igualitarias (…) las relaciones de poder no están en posición de exterioridad respecto de otros tipos de relaciones (procesos económicos, relaciones de conocimiento, relaciones sexuales), sino que son inmanentes (…) las relaciones de poder no se hallan en posición de superestructura, con un simple papel de prohibición o reconducción; desempeñan, allí en donde actúan, un papel directamente productor.” (Foucault, 2003:114) 

De esta manera, podría decirse que para pensar al poder Foucault reemplaza la concepción de una unidad bien delineada y con una identidad reconocible, por el análisis inmanente de las relaciones de fuerza.

De la teoría a la analítica. Como se mencionaba al comienzo de este texto, la importancia del paso de la noción de episteme a la de dispositivo no radica tanto en el resultado de sus análisis históricos como en la forma de posicionarse frente a ellos. Durante este periodo Foucault ya no se pregunta acerca de las teorías implícitas que se encuentran detrás de sus objetos ni de las implicancias morales o ideológicas que los acompañan, sino que su foco de atención se encuentra en el análisis especifico de un mecanismo, de una serie de relaciones.

No se pretende explicar los motivos ni las fuentes de un fenómeno sino únicamente su forma de positiva de funcionamiento.

A diferencia de las teorías del poder, la analítica de Foucault no pretende exceder a sus objetos para englobarlos en una instancia mayor y significante –salvo a partir de pequeños estados de poder, locales e inestables. La noción de
dispositivo de Foucault tiene existencia, únicamente, en proceso.


Bibliografía

Badiou, Alain, Deleuze. El clamor del ser, Buenos Aires, Manantial, 1997.
Campillo, Antonio, “Foucault y Derrida: historia de un debate sobre la historia”, en Daimon, Nro. 11. 1995.
Deleuze, Gilles y Guattari, Felix, “Rizoma”, en Mil mesetas, Valencia, Pre-textos, 1988.
Deleuze, Gilles, “¿Qué es un dispositivo?, en Michel Foucault filosofo, Barcelona, Gedisa, 1990.
Foucault, Michel, “El juego de Michel Foucault” en Saber y verdad, Madrid, La piqueta, 1991.
Foucault, Michel, Vigilar y castigar, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002.
Foucault, Michel, Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.
Foucault, Michel, La arqueología del saber, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.


[1] Cabe aclarar, sin embargo, que en una entrevista realizada poco tiempo después de la aparición del primer tomo de su Historia de la sexualidad, Foucault esboza una definición de su noción de dispositivo. La misma –limitada por la necesidad de concentrar en pocas líneas una densidad teórica que debería remontarse a sus primeros trabajos- simplifica y deja de lado varias cuestiones que resultan de vital importancia para comprender algunas de las implicancias que trae aparejada: “Lo que trato de situar bajo ese nombre es, en primer lugar, un conjunto decididamente heterogéneo, que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas; en resumen: los elementos del dispositivo pertenecen tanto a lo dicho como a lo no dicho. El dispositivo es la red que puede establecerse entre estos elementos.
En segundo lugar, lo que querría situar en el dispositivo es precisamente la naturaleza del vínculo que puede existir entre estos elementos heterogéneos. Así pues, ese discurso puede aparecer bien como programa de una institución, bien por el contrario como un elemento que permite justificar y ocultar una práctica, darle acceso a un campo nuevo de racionalidad. Resumiendo, entre esos elementos, discursivos o no, existe como un juego, de los cambios de posición, de las modificaciones de funciones que pueden, éstas también, ser muy diferentes.
En tercer lugar, por dispositivo entiendo una especie -digamos- de formación que, en un momento histórico dado, tuvo como función mayor la de responder a una urgencia. El dispositivo tiene pues una posición estratégica dominante.” (Foucault, 1991:128)

[2] “(…) en Las palabras y las cosas, la ausencia de abalizamiento metodológico pudo hacer pensar en análisis en términos de totalidad cultural. No haber sido capaz de evitar esos peligros me apesadumbra; me consuelo diciéndome que estaban inscritos en la empresa misma, ya que, para tomar sus medidas propias tenía que desprenderse ella misma de esos métodos diversos y de esas diversas formas de historia (…)” (Foucault, 2008:28)

[3]
“Este trabajo no es la repetición y la descripción exacta de lo que se puede leer en la Historia de la locura, El nacimiento de la clínica, o Las palabras y las cosas. En un buen número de puntos es diferente. Comporta también no pocas correcciones y criticas internas. (…)” (Foucault, 2008:28) Con respecto a este punto es pertinente mencionar también una de las críticas que Derrida realiza a la postura de Foucault con respecto a la historia. En su texto “Foucault y Derrida: historia de un debate sobre la historia”, Antonio Campillo expone: “(…) el propio Foucault, en fin, no habría podido narrar como un “acontecimiento” (y, con ello, problematizar de manera critica) la “exclusión” de la locura, el “encierro” y el “silencio” al que esta ha sido sometida por parte de la “razón clásica”, si no fuera porque su problematización repite, en cierto modo, la radicalidad del Cogito cartesiano, esto es, si no fuera porque su relato histórico se apoya en ese mismo “punto-cero”, en ese fondo abismal y transhistórico desde donde el pensamiento trata de “pensar la totalidad escapando a ella”

[4]
El mismo Foucault deja en claro, en una nota al pie, la importancia que un libro como El antiedipo tuvo para la realización de Vigilar y castigar: “(…) no podría ponderar por referencias o citas lo que este libro debe a G. Deleuze y al trabajo hecho por éste con F. Guattari (…)” (Foucault, 2002:25)

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